Memoria
e historia: impases y vecindades
Edgar Balaguera
La memoria es la vida…,es un fenómeno
siempre actual, (…) no acepta sino los detalles que le convienen; se alimenta
de recuerdos indefinidos, telescópicos, globales o flotantes, particulares o
simbólicos, ella es sensible a todos los modos de transferencia, censura o
proyección. La memoria instala el recuerdo en lo sagrado.
D.
Königsberg
I
En sentido estricto, podemos pensar
a la memoria humana[1]
como un vivo dispositivo singular, débil y precario, arquitectónicamente
descentrado, portado y portador de información y sentido, por ello la
posibilidad de rememoración, de recuperar el acontecimiento total,
verdaderamente sucedido en el momento cual ocurrió, nos luce una empresa humana
totalmente negada de éxito. Y es que todas las iniciativas contenidas en los
discursos históricos a favor de la restauración de los hechos y sucesos
causados por algunos humanos en tiempos pretéritos (igual vale para los
actuales), del tipo: “sin lugar a dudas”, “eso fue así”, “así fue que realmente
sucedió”, etc., deviene un espeso juego intelectivo, una maniobra de saber
adelantada por algunos humanos en tiempos bastante definidos, preñada, eso si,
de extremada e interesada ilusión y fe.
No se trata en este espéculo de
querer ir radicalmente contra la historia en general, y en particular contra la
historia legislada per se, menos aún de pretender restarle interés e
importancia a tal marca de saber disciplinado[2], pero
tampoco queremos mostrarnos aquí silenciosos y tranquilos respecto a las
francas relaciones y distancias que ésta expone silente y/o expresamente
respecto a las tantas tramas que hacen a la vida, en especial aquellas que
entroncan con la memoria, en consecuencia y en lo que sigue procuramos ser
contributivos en el debilitamiento (en el desnudo) de sus abiertas pretensiones
metafísicas, máxime cuando sus últimas proclamas y sentencias[3]
son de una radical y entusiasta apuesta por los estudios de tenor científico,
ello es, por el abordaje y la recuperación de los hechos humanos acaecidos,
cara a la efectiva demostración y comprobación, cual ciencia, de aquello que
supuestamente fue.
De entrada, acotemos ligeramente
unas cuantas notas que develan tal océano de problemas y de los tremendos
impases existentes y persistentes entre una y otra dimensión, esto es entre la
vida efectiva, totalmente mundana, que
transcurre y filosofía (o ciencia).
1-.
La memoria humana es totalmente consustancial a la condición que ensayan y
desarrollan las personas en sus finitas re-creaciones por los tantos hábitat
donde llegan a desenvolverse (sin ciencia ni filosofía), de allí que ellas
antes de pretender in-formar el mundo, el evento acontecido en clave lógica,
ordenada y secuencial, lo hacen gracias a lo que al respecto puedan contribuir,
en especial, sus neuronas y protonas[4].
No es que la memoria sea
desordenada y en virtud de tal condición informe el mundo en modo todo
anárquico. Aquí es bueno saber que ella también posee un orden, tanto para
guardar como para exponer el torrente de asuntos que almacena, sólo que tal
“metodología” nos parece tanto inexistente o precaria una vez que tenemos por
metodología “buena” a la utilizada por el convencionalismo científico.
2-.
Sabemos que la memoria humana no informa todo lo acontecido[5],
bien porque nos luzca precaria o insuficiente para almacenar, al estilo de
Funes (el memorioso de Borges )“cada hoja de cada árbol de cada bosque”, bien
porque ella recónditamente arme o trace una suerte de “estrategias” que le dan
por dejar de sacar al recuerdo y a la narración de quien habla aquello que sólo
ella desea que sea informado y recordado, y tal recorte de hechos y asuntos,
gravitarán fuertemente al momento de, por ejemplo, querer decir oral y
escrituralmente el mundo.
Si el memorioso habla y entrega el
mundo de un modo forzosamente recortado, es claro que sus narraciones y/o
esculturas pictográficas igual se recrean
incompletas, más o menos en proporción a la capacidad de recuerdo (e
intereses) que dicte la memoria. El mundo del memorioso, bien sea aquel donde
fue o sea participe directo o indirecto,
habría acontecido o estar aconteciendo en toda su magnitud y furor, sólo que
por razones y/o estrategias de memoria, tal tipo de naturaleza no la revelará
nunca el memorioso del modo fiel y exacta al curso mismo de los hechos que en
ella se suceden o sucedieron.
No se trata aquí de valorar que la
persona de memoria mienta o quiera mentir ex profesamente, por lo cual
interesadamente no dice la verdad última de lo sucedido y o como realidad en
ocurrencia. Sabemos que este tipo de cotidianidades humanas que llamamos
mentira son tan democráticas como la intolerancia misma. En todo caso este no
es el asunto ahora en consideración. Se trata si de admitir que la
imposibilidad de transparentar o revelar el mundo y los eventos donde los
humanos hemos sido los protagonistas principales, obedece en principio a unas
razones de orden estrictamente biohumana, y que con tal carencia las personas
hemos podido pervivir, desde tiempos inmemoriales, sin más.
3-.
Si la historia, bien como filosofía o ciencia, es la más cara aspiración
intelectiva por in-formar, con entero rigor y arreglo a la verdad (y no a la
verosimilitud) hechos humanos ciertamente acaecidos, tal empresa (nos) luce problematizada y con ello truncada en
mucha de sus partes como consecuencia de, por lo menos, cuatro efectos de traducción (por lo tanto de traición)
que noblemente nos imponen tanto la lógica memorial como la lógica cultural que
societariamente nos recubre por tantos lados y costados.
Traición de y por la memoria que no
es causada a los que queremos decir el mundo sucedido con arreglo a la
transparencia y exactitud de los hechos (ciencia) en virtud de su condición de:
a. (Tal como vimos antes) almacén insuficiente
para guardarlo todo, de casa que no quiere o no deja sacarlo todo o como
producto de una especial micro política que ella alimenta, con independencia de
nuestra razón, nuestros criterios y nuestras decisiones.
b. Porque, siguiendo al profesor
Foucault (1992) las tramas culturales y societarias donde nos recreamos nos
imponen un orden del discurso, todo
un régimen de economía y de administración del sentido y de los lenguajes que
debemos y podemos enunciar, muy independientemente que esta o aquella sociedad
sea más o menos totalitaria o democrática, por ello: “Se sabe que en cualquier
sociedad no se tiene derecho a decirlo todo, que no se puede hablar de todo en
cualquier circunstancia, en fin, que no puede hablarse de cualquier cosa”. Pág.
5.
c-. Tal imposibilidad de
transparencia nos viene ocasionada, al decir del profesor Heidegger (1987): una
vez que “habitamos la casa del lenguaje”, esto es, decimos el mundo de una
manera totalmente mediada e intervenida por palabras, por incesantes flujos de
lenguaje.
d-. Porque ante y frente a nuestros
intelectos no existen hechos que propiamente puedan ser considerados como
tales, acaso si, recordando al profesor Nietzsche (1956) “sólo
interpretaciones”.
Si la historia remite a un saber de
hombres, los hombres no llegan a gobernarse con total soberanía intelectiva,
pues bien sabemos el dilemático y no menos problemático asunto relacional del
poder, el saber y la verdad, del cómo tales figuras se enclinchan y conflictúan
junto a unas cataduras discursivas y prácticas de valor ético, que tampoco
resultan cualquiera.
Sacando por un instante la trama de
intereses y culturas donde se recrea el memorioso, la memoria no lo dice todo,
ni al principio ni al final, por razones (ya lo dijimos) estrictamente de
biología humana, a cambio, cuando la historia dice lo que dice o deja de decir,
ello está emparentado con razones que no son totalmente biohumanas, sino del
tipo políticas y culturales[6].
Los silencios de la historia no están amparados por deficiencias o jugadas
causadas por la memoria, sino por los modos propios, sociopolíticos, como
nacerá y florecerá tan disciplinada discursiva.
4-.
Memoria (humana) e historia se distancian en buena medida durante sus rutas,
para prácticamente no encontrarse más nunca bajo condiciones de igualdad, una
vez que los sentidos y micropolíticas de ambas son ciertamente muy diferentes.
En tanto la memoria es profunda y
profusamente subjetiva, marcada por mucha individualidad, en consecuencia
portada multiplemente, alojada de modos diversos, con nulo o escaso fundamento,
por lo tanto figura sumamente contingente, colgada en buena medida de aquello
que dicten y ayuden a recordar las circunstancias, por lo tanto bien
fragmentaria, la historia (de los últimos historiadores) es un potente saber
que obligatoriamente excluye de su narrativa a los hombres que le narran, tal
como magistralmente nos lo recuerda el precitado y querido maestro Foucault
(2000):
“El
historiador debe invocar la objetividad, la exactitud, de los hechos, el pasado
inamovible.(…) está conducido a borrar su propia individualidad para que los
otros entren en escena y puedan tomar la palabra. Tendrá pues que encarnizarse
consigo mismo: hacer callar sus preferencias y superar sus adversidades,
desdibujar su propia perspectiva para sustituir una geometría ficticiamente
universal, imitar la muerte para entrar en el reino de los muertos, adquirir
una cuasi- existencia sin rostro y sin nombre. (…) la objetividad en el
historiador es la inversión de de las relaciones de querer saber, y es, al
mismo tiempo, la creencia necesaria en la Providencia, en las causas finales, y
en la teleología”. Pág. 51.
5-.
La historia (de los últimos historiadores) al reclamar con mucho orgullo,
constituir un discurso amante de las unicidades, las totalidades y las
totalizaciones, pasa a convertirse en un saber sumamente omniabarcativo,
totalmente explicativo, enteramente racional, coherente y consecutivo, a mucha
lejanía de los saberes que dicta la memoria, todos untados de la condición y
vicisitudes personales de quien los porta y los habla, sin más mediaciones que
los de la memoria que portan.
6-.
Figuras como “la memoria colectiva”, “la memoria popular”, la memoria
nacional”, "la memoria institucional”, “la memoria insurgente”, “la
memoria histórica”, etc., antes que estar grabadas en el almacén del memorioso,
le llegan a este (cuando le llegan y del modo que le llegan) una vez que han
sido tópicos más o menos seleccionados y elaborados, conceptos dotados y
construidos de unos, y no otros, significados, por unas determinadas élites del
saber y la cultura.
De suyo, palabras como “colectivo”,
“popular”, “nacional”, “regional”, “local”, “institucional”, etc. aluden a
totalizaciones, nos dejan la sensación que se trata de una suerte de estuche
semiótico en el cual tendrían lugar de alojamiento las múltiples diversidades.
El asunto está en saber hasta qué punto tales diversidades logran entrar en
tales conceptos, en observar los tipos de reconocimiento que en tal valija
logran presentar unas y otras personas y culturas, en fin, el problema de
trabajar con palabras y conceptos omniabarcantes estriba, en gran parte, en las
prácticas y los procesos de reducción, y con ello de franca invisibilización,
de mucha insubordinación, a que se somete a tanta gente y sus ricos y candentes
imaginarios.
7-.
Sabemos que la memoria primera, la de tenor estrictamente humano, dice y habla
el mundo de la vida exclusivamente a partir del recuerdo, la añoranza y la
evocación vivida efectiva y directamente de quien habla en primera persona, por
lo cual lo que habla, lo dicho, es la referencia inmediata, la evocación y/o el
recuerdo vivido en carne y hueso propio, por ello lo que dice está todo
recortado, muy fragmentado. A cambio, la historia habla el mundo de los vivos
de modo secundario, por lo tanto bien indirecto, sólo a partir de lo que los
historiadores, sus pensamientos, sus técnicas y tecnologías han podido o creído
recoger de lo fundado en documentos. La memoria es el recuerdo inmediato o un
tanto más allá, en tanto que la historia es lo expuesto en el documento.
Ciertamente que hay mucha historia
que no es mero espéculo o imaginación de los historiadores, que ella sale de
documentos originarios, por lo cual es pensada como memoria de pueblos, de
ciudades, de personas de otros tiempos. El asunto en consideración es que la transposición,
el viaje, que recorre la memoria documentada una vez que es dicha por la
historia (de los últimos historiadores), sufre unas consecuencias que para nada
son menores. La memoria del primer documento encontrado al ser trabajada y
dicha por los primeros (y segundos) historiadores, ya para nada resulta aquello
alojado y dicho por los memoriosos, sino la interpretación (mejor aún, la
re-interpretación), la creencia, de los historiadores mismos.
8-.
Las finalidades o pretensiones de ambas experiencias memoriales, se llegan a
reconocer también como distintas y distantes por el tipo de propósitos que cada
una persigue. En tanto las de la memoria primera, sus fines son las necesidades
de recordar para decir el mundo, para seguir viviendo, en cambio los fines de
la historia son, más que decir el mundo, decirlo del modo verdadero.
Si alguna pretensión tiene la
memoria es recordar como necesidad vitalista, en cambio el historiador tiene
algo más que necesidad decir el mundo tal como lo encuentra o se lo cuentan. Él
quiere decir el mundo de manera nada dudable, por lo cual se avoca y se
extravía en infinidad de procesos y pruebas que, de la mano de la ciencia, le
llevan presuntamente a la verdad.
9- El lugar de los sujetos o las personas en tal
tipo de dispositivos es bien opuesto. En la memoria humana las personas cobran
primerísima importancia, en tanto sin sujeto no hay memoria, ellos hablan desde
su memoria, en tanto que en la historia la primacía, lo primordial más que las
personas son los documentos. En la memoria los sujetos hablan de manera propia,
en la historia los sujetos son hablados por el historiador, a partir de los
documentos y su hermenéutica.
10-.
La memoria humana y la historia generan prácticas de exclusión, sólo que los
modos y protocolos de realización de ello presentan sendas diferencias. Las
exclusiones que a menudo vive llevando a cabo la memoria, dado por aquello de
recordar unas y no otras cosas, obedece a las “micropolíticas” o “estrategias”
inherentes a la memoria y a la biología humana misma, sin más, en tanto que la
historia y el historiador, recortan los eventos y los acontecimientos con fríos
razonamientos, intenciones y fines para decir finalmente aquello que consideran
de valor histórico, en consecuencia sus micropolíticas de exclusión resultan
con arreglo al meticuloso cálculo y la estimación previa de lo que valoren y
aprecien sus subjetividades y racionalidades como relevantes.
11-.
Las temporalidades, los tiempos con los cuales ambas modalidades (de memoria)
operan, nos lucen francamente bien alejadas y hasta radicalmente enfrentadas.
La historia (de los historiadores) privilegia (para su construcción histórica)
escalas de tiempo generalmente bienes extensos, le prestan atención a hechos y
circunstancias acontecidas dentro de unos lapsos temporales bien abarcativos,
los cuales, casi siempre, van de décadas en décadas, de centurias en centurias,
la memoria por su parte trabaja una perspectiva del tiempo sumamente concisa,
muy breve, a lo sumo de varias décadas, en tal sentido el tiempo de la memoria
es bien conciso y modesto.
II
Vecindades:
La historia que va a la memoria
Si bien memoria e historia son
ejercicios de la vida bastante distantes en muchas de sus rutas de formación,
en aquello que hace y alimenta a sus protocolos, en el sentido y la ontología
que les asiste, en las micropolíticas que ensayan y ponen en movimiento
consuetudinariamente, también hemos de señalar que dichos impases y enemistades
se obturan y reconcilian tremendamente una vez que constatamos los modos y mecánicas
como ambos dispositivos se concurren con demasiada frecuencia, en especial
durante tiempos marcados por la cultura de la historicidad[7].
Por supuesto, para que tales actos
de encuentro puedan ocurrir ha tenido y debido que nacer previamente la historia,
esa discursiva que desde Sócrates y Platón (y no desde Herodoto, tal como se
nos ha dicho) viene insistiéndonos e in-formándonos, sobre manera en quienes
somos habitantes del mundo moderno y de la modernidad, respecto a un cierto
orden, unas secuencias, unas temporalidades y unas presuntas causales que
gobernarían (históricamente) la vida de los humanos en nuestra querida y
sufrida tierra.
En tanto que la historia pudo pasar
de discursiva y práctica intelectiva cuentísitica y solitaria, bien cercana a la
literatura y a los antojos de reyes, entonces poco valorada, fue obvio que sus
influjos e impactos no obtuvieron un alcance societario y cultural de mayor
tamaño. Su lógica imperial[8]
se hará tal, una vez que ella armará su potente estatuto de verdad (su
filosofía de la historia) y, con ello, desparramarse y estabilizarse por tantas
culturas, cogniciones y mentalidades a su pleno alcance, tal como en efecto ha
venido sucediendo en los últimos tiempos.
Si la memoria humana se configura
en buena medida en base y dentro de unas determinadas tramas societarias, es
obvio que mucho de lo que va a la memoria, de lo que se alojará allí en forma
de recuerdos con sentido, serán parte importante de unas vidas arregladas o
cruzadas, in situ, por determinadas semiosis, cargadas por unas, y no otras,
valoraciones, encriptados por unas y no otras ideas o preceptos de espacio,
tiempo, moral, ética, política, saber, verdad, etc.
Así, parte de lo que recuerda el
memorioso, bien sea con orgullo o tristeza, con sonrisa o rencor, le está dado
social y culturalmente. El memorioso evoca tiempos de guerra o de paz, de
libertad u opresión, de bienestar o escases, etc., no tanto porque en verdad
halla tenido, sin lugar a duda alguna, experiencias cargadas objetivamente con
tales ingredientes, sino en virtud del modo como, en años atrás y después, el
mundo de la vida que atravesó sus ojos, cogniciones y sensibilidades, le fuera
dado a leer, y justamente, en base a tales preceptos pudo grabarlos para luego
recordarlos como tales.
Digamos que la memoria del
memorioso construye un tipo peculiar de mundo pero mundo que le será casi que
in mediatamente re-grabado y reorganizado un vez que, desde el vientre y sus
primeras infancias, la cultura y la sociedad que le cobijan le toman como cuerpo,
mentalidad y sensibilidad para si. Esto es, le vuelve y le trueca como sujeto
social y sociable.
La soberanía del memorioso termina,
cada vez más, que la sociedad es menos liberta y permisible, de allí que
palabras, tecnologías y dispositivas inherentes al control social sean bien
recibidas y aplaudidas en aquellos reinos societarios y culturales necesitados
de tanta sumisión y obediencia. Agencias como la escuela, los partidos
políticos, la familia, la iglesia, las tecnologías, la fábrica y el consumo mismo
no se hicieron para entero y exclusivo goce de cada quien, sin más.
Los imaginarios de sociedad y
libertad en la vida moderna y de la modernidad toda no son meras figuras que
anden por allí, todas desparramadas, a la vera del camino y a la suerte del
decisiónismo de quien ahora trasiega el mundo de la vida. Tales imaginarios
también tienen sus funcionarios y políticas de evaluación y seguimiento.
III
Vecindades:
la memoria que va a la historia
En lo sustantivo, bien sabemos de
una condición fuerte de posibilidad bien fundada y marcada entre memoria e
historia. La memoria, causada mucho antes que la historia, es exigida por ésta
de algo mucho más que recuerdos y/o evocaciones para que pueda entrar a los
exigidos predios de su territorialidad.
La memoria va a la historia a
condición de conocer un meticuloso y severo proceso de viaje y vigilancias,
pasa inicialmente por la existencia y el explayamiento del testimonio (la
oralidad), para luego operar su conformación y posterior asentamiento en
documentos, con el cual, como lo dice Ricoeur (2002): ...“entramos en la
segunda fase de la memoria: el documento. Pasamos de la memoria individual a la
memoria colectiva. El documento marca la transposición de la memoria y el
testimonio por la escritura”. Pág. 27
La memoria para ir a la historia[9] necesita
transmutarse en escrituras y de allí, como lo vimos antes, en documentos para,
luego, efectivamente tener posibilidad de cohabitar con la cultura de los
historiadores, pues la historia, tal como la hemos podido conocer hasta hoy,
construye y desarrolla su sentido, a partir del acto de presencia de la
escritura y el documento. Escritura y documento son partes sumamente vitales,
todas esenciales, del discurso histórico (y del historiador), por lo cual,
repitámoslo en rigor no hay historia sin escritura documentada[10].
Las limitaciones propias que
tendrían los memoriosos para volver bien extensivos sus relatos y vivencias,
para hacer de la vida brevemente conocida y protagonizada, unos asuntos harto
conocidos por y para toda una gran cantidad de generaciones y culturas
posteriores, sin quitarles mucho de su vivo calor, sazón y color, parecieran
estar saldadas por la emergencia de la historia y aquello que distingue a sus
tantos oficiantes.
Con
toda la potencia que tienen las tradiciones y transmisiones orales, es
admisible saber de los notorios procesos de selección y distorsión a que estas
someten los tantos relatos y presuntos acontecimientos generados, corriendo con
ello severos problemas de reconocimiento científico, por ello (y contra ellas),
nos informa Remond (2002):
“Desde
la perspectiva de la historia, esta forma de transmisión y su contenido
adolecen de dos debilidades. La primera es su carácter inevitablemente
fragmentario. La tradición no es sino el resultado involuntario de una
selección previa, que por fuerza ha de ser subjetiva y aleatoria, puesto que se
efectúa conforme a criterios carentes de todo rigor racional y, por ende, de
legitimidad frente a las exigencias del conocimiento histórico. De donde resulta
que esta forma de transmisión no es lo suficientemente segura como para que se
le pueda confiar la comunicación de la memoria del pasado de una generación a
otra. Pág. 70.
Es justamente el temor y la
previsión al extravió final de la memoria vivida lo que pudo llevar
originariamente a que algunos hombres comenzaran a darse a la tarea de
documentar parte importante de lo vivido y/o de sus deseos posteriores. Con
tales temores y confianzas tal clase de hombres legaron el nacimiento de
figuras que, luego, devendrán bien
importantes, tales como los archivos, las bibliotecas, las cartas y los
testamentos. La esperanza que el pasado podía ser conocido mediante procesos
reconstructivos, apelando a la forma del tipo documento, fue y es lo que le da
a la historia y a los historiadores su pertinencia y estatuto político cultural
conocido.
La historia estaría asegurándonos
sociedades presumiblemente no amnésicas, por ello tanta importancia le confiere
a la búsqueda del pasado, de los orígenes y los bemoles de sus desenvolvimientos.
La historia, una vez que toma a la memoria documentada, habría realizado caras
cirugías contra el olvido.
Por supuesto, la conversión de
memoria en historia, está pensada con arreglo a muchas exigencias, a notorias
reglas de juego o precondiciones, las cuales para nada las coloca ni le son
solicitadas al memorioso. Todo aquello que entrará al reino de la historia es
plena competencia y concurrencia de la historia de los historiadores, pues son
ella y ellos, en base a sus protocolos, los que dictaminan que tipo, clase,
hecho, del pasado entra como hecho histórico y cual no. La validación, la
selección y los contrastes del pasado lo realizan los historiadores y nunca los
memoriosos. Cuando tienen suerte, algunos memoriosos y sus espesas vidas entran
al reino de la historia sin que siquiera lleguen a saberlo.
Contestes de los meticulosos
procesos de selección, de contrastes, de verificación pero también de interés e
identificación de la historia y los historiadores por unos acontecimientos y
personas, de los modos mismos como la historia de los historiadores ordena y
narra aquello presuntamente acontecido, es por lo que perfecta o fácilmente
podemos comprender sintagmas cotidiana (y no tan cotidianas) del tipo: “esa
historia no está bien contada”, “La historia la escriben y hacen los
vencedores”, “los excluidos no tenemos historia”, “hay necesidad de escribir la
historia verdadera”, etc.
Acordémonos con Touraine (2002)
que:
Pensamos,
en general, que la memoria, que es cambiante, fragmentaria y deformada, debe
estar subordinada a la historia, que integra las impresiones subjetivas, los
recuerdos y los testimonios en una representación que tiende a la objetividad
en la medida que integra, por lo menos, a su relato el mayor número posible de
documentos. Los lugares de memoria son un objeto de estudio para los
historiadores. La construcción histórica se aleja de los testimonios, incluso
cuando se trata de historia inmediata, para buscar la unidad de una
situación o de un proceso de cambio.
Esta superioridad de la historia sobre la memoria se manifiesta sobre todo
cuando nuestra representación de la vida social es de naturaleza evolucionista
o historicista”… Pág. 199.
IV
Epílogo
La escenificación y alimentación de
discusiones eminentemente paradigmáticas, profusamente selectivas y excluyentes
entre las dimensiones constitutivas de la memoria y la historia, por lo demás
ejercicios y subculturas muy fuertes en ciertos predios académicos, políticos e
intelectuales, no pasan de ser apuestas vanas, quizás muy cargadas de fe, pues
tal como hemos podido observar a lo largo del pequeño trayecto hasta aquí
mapeado, se trata de dimensiones y experiencias humanas e intelectivas
(culturales) que se suceden de modos un tanto extraños, distanciados y
conjuntivos en los tiempos.
Memoria e historia para nada son
por su naturaleza (en lo que dicen y dictan) dimensiones estrictamente
verdaderas o falsas. Es al interior de lo que traman y exponen sus lógicas de
sentido y la operacionalización de sus micropolíticas, muy arregladas a fines e
intereses definidos, donde una, la historia, reclamará su estatuto de verdad y,
la memoria, su convención de verosimilitud y fuerte recuerdo fragmentado, y
cuando ello no fuere así, serán los mismos convencionalismos sociales y
culturales donde serpentean los humanos los que nos impongan tal tipo de
lecturas.
Memoria e historia se encuentran
cuando algunos hombres y políticas determinadas necesitan volverles zonas
comunes, en otros casos ambas pueden perfectamente marchar sobre rieles de soledad
o de autosuficiencia[11],
pues, en el caso de la historia, no necesariamente su discusiva está soportada
en hechos realmente acontecidos, pues de hecho cierta historia y cierto
pensamiento historicista ha podido desdeñarle o, al menos trabajar y producir
muy fuera de ellos, sin mucho lio[12].
Si los argumentos contrarios, si en efecto la memoria aparece como muy clave
para la historia, los memoriosos y sus memorias tampoco van a la ciencia
histórica tan ligeramente, pues sus ésta apela, antes que nada, a estelares y
previos procesos de validación, y bien sabemos que tales protocolos pertenecen
y se apegan estrictamente a lo que in-forme la ciencia histórica, los
historiadores, y nunca los memoriosos en si mismos.
La historia y la memoria nos
resultan dispositivos, saberes, tecnologías y recursos sumamente útiles e
importantes para la vida, las sociedades y las culturas, sólo que, tal vez,
dosis extremadas de memoria e historia también parecen perjudiciales para la
salud y la cultura.
Ejercitar la vida y la memoria en
políticas de recuperación de la vida y la memoria de personas y culturas
extintas no es si mismo un acto tachado de valor e importancia, sólo que si
ello lo hacemos bajo el convencimiento y la seguridad de hacer que los muertos
y sus parafernalias hablen tal cual, digan limpiamente lo suyo, tal empresa nos
luce enteramente religiosa, cargada de mucha fe, pero que, más allá o más acá
de tal apuesta, bien sabemos que el mundo pasado habla sola y exclusivamente si
los que ahora vivimos le hacemos hablar, ergo, una vez más no habrían hablado
ni narrado ellos, sino nosotros, los vivos del ahora, sólo que en su nombre.
Ensayar y animar experiencias
radicales de historia ahora son más que actos muy necesarios y saludables,
mejor aún si los mismos se realizan bastante retirados de la metafísica del
poder, el saber y la verdad, en consecuencia nos urge larvar experiencias de
históricas, de construcción y enseñanza, que puedan mostrase más vecinas y
solidarias con los memoriosos que con las caras pretensiones de unos discursos
y unas disciplinas de talante y aspiraciones filosófica y científicamente
verdaderas. Una historia dulce-otra, que no bobalicona ni neutral, bien nos
bastante sana y necesaria para los cuerpos, las sensibilidades y las memorias
de quienes ahora, y en el `por-venir, labramos mundos plurales-otros.
Referencias:
Balaguera,
J. E. (2005): América Latina. La
modernidad Difícil. Ediciones
del Centro de Investigaciones Contemporáneas. CINCO/UPEL. Maracay. Venezuela
Changeux, J. P. (2002): Definición de la memoria biológica, en:
¿Por qué Recordar? Foro
Internacional Memoria e Historia. Unesco 1998. París. Traducción al castellano
por Silvia Peña W. Editorial Granica, Buenos Aires. Argentina.
Foucault, M. (1992): El orden del discurso. Tusquets
Editores. Barcelona. España.
Foucault, M. (2000). Defender la Sociedad.
Fondo de Cultura Económica. Bs. As. Argentina.
Heidegger, M. (1987): Ser y tiempo F.C.E. Sexta edición. Madrid
Le
Goff, J. (2002): El tiempo del mundo: el
regreso de BRAUDEL, en. ¿Por qué
Recordar? Foro Internacional Memoria e Historia. Unesco 1998. París.
Traducción al castellano por Silvia Peña W. Editorial Granica, Buenos Aires.
Argentina.
Marañón Rodríguez, J.L.: Reflexiones
teóricas acerca de la interrelación entre memoria histórica e imaginarios
sociales, en Contribuciones a
las Ciencias Sociales, mayo 2011. www.eumed.net/rev/cccss/12/
Nietzsche, (1956): El
origen de la tragedia. Editorial Aguilar. Bs Aires. Argentina.
Paniagua,
J. (2005): Contra la Memoria histórica. (Confidencias), en: http://www.ub.es/histodidactica/
Rémon,
R. (2002): La transmisión de la memoria, en: ¿Por qué Recordar? Foro Internacional Memoria e Historia. Unesco
1998. París. Traducción al castellano por Silvia Peña W. Editorial Granica,
Buenos Aires. Argentina.
Ricoeur, P. (2002): Definición de la memoria desde un punto de
vista filosófico, en: ¿Por qué Recordar? Foro Internacional
Memoria e Historia. Unesco 1998. París. Traducción al castellano por Silvia
Peña W. Editorial Granica, Buenos Aires. Argentina.
Touraine, A.(2002): Memoria, Historia, Futuro, en: ¿Por qué Recordar? Foro Internacional Memoria e Historia. Unesco
1998. París. Traducción al castellano por Silvia Peña W. Editorial Granica,
Buenos Aires. Argentina.
[1] -.“La
noción de memoria -nos recuerda Marañón R. (2011)- aparece tardíamente en el
campo de la Historiografía. Para muchos investigadores, el primer acercamiento
a la memoria histórica como concepto historiográfico se le atribuye al
historiador francés Pierre Nora, quien lo introduce en los terceros Anales en
la Historia del tiempo presente. No obstante, las discusiones acerca de la
relación entre historia y memoria son muy antiguas.
[2] -. La historia, desprovista de
tantos atavismos y fundamentalismos como aquellos que recrea en tiempos
contemporáneos, nos luce toda una empresa bien útil y necesaria para la vida.
[3] -. Bien sabemos que la historia
(sobre manera la de los historiadores) reclama y proclama para si el ser un
saber con indiscutible estatuto científico.
[4] -. Si el lugar del cerebro está
en la caja craneana, y allí habitan unas determinadas capacidades de memoria,
hoy día se argumenta (y fuerte) que en
las otras tantas partes de la arquitectura humana hay vida, en consecuencia allí es de esperar
que también trasieguen más y más capacidades memoriales.
[5] -.El olvido, nos recuerda Marañón
R. (Ob. Cit.)…“es parte inseparable de la memoria; cada una llama a la otra,
pues no se puede tener memoria de todo, siempre se olvida una parte. Y el
olvido no puede explicarse solamente como un proceso espontáneo, sino se olvida
socialmente, así como se recuerda socialmente. En todo caso siempre se está
olvidando y siempre se está recordando”.
[6] -. La historia es un discurso que
se crea y recrea mucho tiempo después que los humanos nos hemos asentado en la
tierra, por ello no es cromosómica, no viene adherida en nuestro ADN, ella
también es toda una “empresa de producción cultural”.
[7] -. Hubo tiempos y culturas donde
la memoria no estuvo marcada para nada por la historia, a cambio si por las
prácticas y los discursos de tenor biológicos, astrofísicos, religiosos,
dietéticos, poéticos, etc.
[8] -. La historia llega aun punto de
su devenir, especialmente en tiempos de la modernidad, donde se vuelve
dimensión sumamente extensiva, por ello prácticamente se incrustará en el mayor
de los ordenes culturales y societarios existentes, como discurso de verdad, y
ya verdad (histórica) no traducirá desde
entonces cualquier cosa. En lo personal, unos cuantos años atrás (Balaguera,
2005), desarrollé un texto sobre tan candentes y calientes asuntos y embrollos.
[9] -. En tanto la memoria va
a la historia, podemos pensarle en clave de figura viandante, y como todo
viajero ella se expone a los tormentos y sudoraciones que padece aquel que
emprende viaje.
[10] -. Con todo y sus
matices, las modalidades de historia insubordinada o “rebelde” que han estado
apareciendo en escena, especialmente desde la segunda parte del siglo recién
culminado, circuladas con los nombres de “historia oral”, “historias de vida”,
“historia de la singularidad”, “historia insurgente” etc., no escapan en mucho
de las férreas marcas de sentido, de epistemología y ontología, que dicta el
discurso histórico en general. En cualquier caso, y dado el carácter
aparentemente emergente de este tipo de nacientes históricas, nada
despreciables por cierto, bien vale la pena una dedicación especial a ellas, un
tanto apartada de las frondosas positividades lisonjeras que a cada instante
uno escucha y lee por aquí y por allá.
[11] -. En este sentido traigo aquí lo
dicho en una oportunidad por el prestigiado historiador Le Goff (2002), muy a
propósito del modo de historiar del no menos célebre historiador F. Braudel:
“Debo confesar que lo que me decepciona de Braudel es que en su modelo de
explicación de la historia no menciona jamás a la memoria y que en su
conclusión sobre ayer y hoy a la luz de la economía-mundo, concentra su visión
de futuro en la sola consideración de la evolución demográfica”. Pág. 194.
[12] -. Recordemos al respecto toda la
producción intelectual generada en los predios de la ficción, de la así llamada
“historia ficcionada”, para cual el mercado literario de nuestros tiempos es
bien espeso.
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